Por primera vez en la historia somos capaces de generar bases de datos con decenas de millones de entradas, ya sea a partir de datos de sensores para obtener información sobre procesos naturales o por la acción combinada de cientos de miles de usuarios en procesos de creación colectiva en Internet. Al mismo tiempo, disponemos de una impresionante capacidad informática para procesar esos datos prácticamente en tiempo real y poder extraer todo tipo de conclusiones.

Estas nuevas posibilidades cambian algunas de las reglas del juego, muchas de ellas activas desde el Renacimiento y algunas de ellas desde el Paleolítico. El objetivo de este blog es informar y reflexionar sobre este nuevo paisaje epistemológico, ético, sociológico y cultural al que nos lleva inevitablemente el Big Data, esta nueva e impresionante capacidad de recabar y procesar millones de datos simultáneamente.

En el post de hoy, me gustaría apuntar a tres fenómenos que me parecen especialmente importantes y significativos, para lo bueno y para lo malo.

Privacidad. Hasta la aparición del Big Data, la dispersión de los datos que dejábamos sobre nosotros mismos en el mundo era tan alta que podíamos estar confiados en que nadie podría reconstruir nuestros gustos, intenciones, deseos, temores, acciones legales e ilegales a no ser que fuera un psicópata lunático que nos siguiera a todas horas. Eche un vistazo a la historia de búsquedas que Google guarda de usted y pregúntese por un momento que podría hacer un cracker malintencionado, un gobierno dictatorial o una aseguradora sin escrúpulos con ella. De forma alegre dejamos fragmentos de nuestra identidad en Facebook, Twitter, Amazon, Flickr, etc. y no somos conscientes de lo fácil que es reconstruir nuestras vidas a partir de todos esos rastros digitales que hemos ido dejando.

Tendencias globales. No pude evitar sentir un cosquilleo el día en que vi lo correlacionados que iba la evolución de la gripe y las búsquedas sobre “gripe” en Google. Ese día, Brin y Page nos trajeron una alucinante herramienta para poder estudiar tendencias y actitudes sociales de una manera  hasta ahora nunca nos habríamos imaginado.  De hacer estimaciones a partir de unos pocos cientos de llamadas telefónicas a disponer de centenares de millones de acciones de usuarios que no son resultado de una encuesta explícita, sino expresión implícita de sus verdaderos  intereses y actitudes a partir de aquello que buscan en la red. No es de extrañar que Barack Obama se haya traído al Ala Oeste a un equipo especializado en data mining para descubrir qué preocupa a los votantes norteamericanos y cómo responder mejor a sus quejas y preocupaciones, sus anhelos y esperanzas. También podemos pensar en cómo una disciplina como la epidemiología podría mejorar ostensiblemente al poder acceder a datos de búsqueda para establecer mejor el movimiento de una enfermedad, o cómo se correlaciona con determinados hábitos, pertenencia a clase social, etc.

e-pistemologia.  Los tiempos en que Einstein podía revolucionar la física sentado en un prado escribiendo ecuaciones en un cuaderno han pasado a la historia. Pensemos por un momento en los millones de datos que genera en milésimas de segundo un acelerador de partículas. Esos datos ya no puede procesarlas una persona, ni siquera un equipo, y se hace necesario procesar esos datos con un ordenador. Por no hablar de las demostraciones matemáticas asistidas por ordenador -como la del teorema de cuatro colores, que ya no puede revisarse a mano de forma manejable o de los supercomputadores que simulan in silico los segundos posteriores al Big Bang. La frontera entre ciencias formales y ciencias experimentales se difuminan y el ordenador deja de ser una mera ayuda a ser una pieza imprescindible e insustituible de la investigación científica.

Las implicaciones a veces son directas. Otras más sutiles, pero no está de más prepararnos para un mundo bastante diferente al que estamos acostumbrados.

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