Es fácil pensar que el concepto de “Big Data” forma parte básicamente de esotéricas disciplinas científicas, de análisis estadísticos desde la sociología o de estudios de mercado. En realidad, el Big Data nos concierne a todos. Queramos o no, vivimos inmersos en el fenómeno del Big Data y si queremos darle sentido a nuestra forma de vida necesitamos contemplar ese Big Data.

La expresiones culturales previas al desarrollo digital como este Vermeer podrían ser mucho más estables que los productos de la cultura digital, a pesar de ser mucho más antiguos

Imagine el lector por un momento que es un historiador del próximo siglo, interesado en entender cómo era la vida en los inicios del caótico siglo XXI. Más concretamente, está usted haciendo una tesis sobre la figura de Barack Obama, y ahora mismo está atascado analizando la importancia de los entonces nacientes medios digitales en el éxito de su campaña electoral.  En la hipermediateca de la Facultad tiene acceso a copias de material en papel como diarios, libros o multimedia (noticiarios, entrevistas, programas de radio; incluso películas y series de televisión, etc.). También hay copias en papel de multitud de blogs de la época. Sin embargo, ello sólo le da acceso a las opiniones que una serie de personas escribieron o grabaron en su momento; no tiene acceso a la campaña en sí, le faltan acceso a esas gigantescas bases de datos de Twitter, Facebook, Flickr, Instagram, MoveOn, etc donde se libró en buena parte aquella campaña electoral.

Estiremos un poco más el experimento mental e imaginemos que la cuidadosa universidad en la que estudia ha hecho diligentes copias impresas -en láminas plásticas que resistirían hasta un desastre nuclear- de los diferentes posts en estos medios que se hicieron para la campaña de Obama. Aunque le facilitarían las cosas ello sería todavía insuficiente, por muchas razones, pero sobre todo por dos:

1) Twitter, Facebook, Flickr, etc. son medios interactivos, en los que el dato en sí (un twit, un cambio de estado, un comentario a la acción de otro usuario) no son tan importantes como las reacciones, comentarios, retweets, etc. que genera.

2) Analizar esos millones de datos en papel buscando información sería una tarea compleja

El segundo problema podría solucionarse fácilmente transcribiendo a una base de datos toda esa información impresa y aplicarle técnicas de minería de datos (data mining) para descubrir tendencias, similaridades, divergencias, etc.pero esa base de datos no sería como el twitter original de Obama, pues seguirían faltando las interacciones con otros usuarios. Seguiríamos sin poder solucionar el primer problema mencionado.

Y aquí tenemos la gran paradoja de nuestra cultura: tenemos el mayor registro -con diferencia- de acciones culturales pero está en formatos que no resistirán  el paso del tiempo.  ¿Qué quedará realmente de las campañas online de Barack Obama?  ¿Donde está  ahora la información amorosamente guardada en las páginas vintage de Geocities? ¿Quedan todavía copias del Wordstar? ¿Se pueden ejecutar todavía?  ¿Cuánta información se ha perdido para siempre cuando una institución decide llenar un container de discos floppy inservibles y tirarlos a la basura?

Hemos hablado del futuro, pero los efectos ya empiezan a notarse en nuestras miradas al pasado. Consideremos el arte digital a finales de los noventa; especialmente ese bebé que en el año 1997 era el “net.art” -lo que la net artista Olia Lialina llama “los tiempos heroicos”. Muchos de los proyectos originales han desaparecido para siempre, al desentenderse sus autores del proyecto. Otros ya no funcionan porque utilizaban características específicas de versiones anteriores de HTML, Javascript, Flash que ya no están implementadas en las nuevas versiones. Finalmente, otros funcionan aparentemente bien, pero han dejado de tener sentido porque explotaban características de la World Wide Web de finales de los noventa que ahora ya no están vigentes, como por ejemplo la velocidad. Así,, había proyectos que incluían imágenes “pesadas” para la época (800Kb!) que se leían línea a línea y creaban un curioso efecto estético. Estas páginas ahora se cargan en décimas de segundo de manera que la intención del artista es completamente irreconocible.

Si alguien intenta reconstruir esa época a partir de libros y artículos escritos, estará en la misma situación que nuestro hipotético historiador al principio del texto. Le faltará establecer la interacción entre sistemas.

Alguien podría observar que un proyecto como el Internet Archive (archive.org) y especialmente su “wayback machine” es una forma de solucionar el problema. Yo aquí contestaría que 1) La wayback machine es también un sistema de big data abierto al mismo problema de obsolescencia de un Twitter o Facebook 2) la wayback machine sólo registra código HTML abierto a acceso público. Si un proyecto cultural, artístico, social, político utiliza bases de datos, códigos CGI etc todo eso queda perdido para siempre 3) la wayback machine es -en el fondo- como esas copias impresas en plástico de los twitts de Obama. Hace falta poder establecer la interacción que había entre esas páginas y otras. Si perdemos eso, perdemos un elemento clave para entender ese movimiento cultural.

 

Nos encontramos así ante una paradoja: ahora mismo tenemos un mejor registro de la pintura flamenca del XVII que de un movimiento artístico  de hace quince años. Una impresión -incluso sin ser de alta calidad- es un buen proxy para analizar “La lechera” de Vermeer. Y si no, uno siempre puede ir al Rijksmuseum en Amsterdam.  Sin embargo, una impresión en papel de www.jodi.org es básicamente inútil para entender ese pionero proyecto de arte en red. De hecho no es descabellado pensar que en 20 años más el net art “heroico” resulte básicamente incomprensible. En realidad, es complejo ya explicar este tipo de proyectos a generaciones de nativos digitales que han crecido con Facebook como algo dado.

¿Existirá wwwwwwwww.jodi.org dentro de 20 años?

Otro efecto sutil más de nuestra convivencia con el Big Data

 

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