Ya pasó la resaca de lo virtual. Hemos pasado de ambiciosas Declaraciones de Independencia del Ciberespacio, a una anodina herramienta online que nos facilita la vida diaria. Si queremos discutir cuestiones éticas como la privacidad en Internet, aquel dictum de que “lo que es legal presencialmente ha de ser legal online” tiende a ser el mejor criterio.
Pero no siempre es así. El mundo digital ya no tendrá entidad por sí mismo, pero no es exactamente igual al mundo de ladrillo y cemento por el que paseamos nuestros cuerpos. Y uno de los ejemplos más claros es precisamente la privacidad.
Un político en un bar se burla cruelmente de su adversario en la oposición. Sus amigos son de la misma cuerda y se parten la caja con él. Como la broma parece que tiene éxito decide contarla en Twitter. En una semana su partido le obliga a dimitir.

Nuestro político imaginario -basado evidentemente en casos reales que el lector seguro ha seguido en prensa, ha cometido ese sencillo error que todos hacemos cada día en las redes sociales: pensar que no hay diferencia entre una acción en el mundo físico y una online. Es un error catastrófico, especialmente cuando esos datos se incluyen en grandes bases de datos fácilmente indexables.
Se tiende a decir que en “Internet todos *podemos* ser emisores en lugar de simplemente receptores” pero la realidad es que en Internet todos *somos* emisores, lo queramos o no. En la World Wide Web de finales de los 90, donde la única función accesible era comunicar, no había ningún problema en asumir ese papel de emisor. Entramos en la era de Facebook y Twitter, el software social (esa cosa que la prensa se ha empeñado en llamar “las redes sociales”) y las cosas se complican. La mayoría de nuestras acciones en Facebook o Twitter buscan establecer un proceso de socialización; queremos chismorrear, reir, mostrar nuestro enfado, etc. con los amigos, pero no somos conscientes de que al mismo tiempo estamos siendo emisores, estamos haciendo pública información sobre nosotros mismos.
El gran problema de Internet con la privacidad no es tecnológico. No se trata de que no entendamos el algoritmo de Google para sus “anuncios personalizados”, tampoco surge de lo complejo o simple que sea el sistema de Facebook para cerrar acceso a ciertos contenidos. Es un problema conceptual. Sentados cómodamente en la intimidad de nuestra casa, enviamos un comentario pensando en esos amigos que miran nuestro Twitter olvidando que en realidad cualquiera puede encontrar ese dato y utilizarlo en contra nuestra. Hemos olvidado ese sencillo detalle porque en la vida real, cuando uno tiene una conversación en un lugar público, tiene perfecto control del espacio: si hay alguien conocido lo puede identificar, sabe a qué distancia están las otras personas y dispone de mecanismos sencillos para evitar ser escuchado, como susurrar al oído o cambiar de tema cuando ese amigo al que estábamos poniendo verde acaba de llegar. Siguiendo las ideas de la experta en socialización online Danah Boyd, hemos pasado de un mundo que era privado por defecto y que con esfuerzo podíamos hacer público a un mundo donde todo es público por defecto y convertir datos en privados requiere un esfuerzo.

Danah Boyd ofrece unas reflexiones muy interesantes sobre esta idea de “privacidad enredada” en este resumen de una charla suya del 2011

El problema es simple: confundimos socializar con informar. Creemos estar haciendo lo primero pero en realidad hacemos lo segundo. Es un problema conceptual, no tecnológico. Ejercer nuestra privacidad es decidir quién, cuando y cómo tiene acceso a ciertos datos y quien no. Pero se trata de un control social, no de un control tecnologico. Alessandro Acquisti, un investigador del Carnegie Mellon en tecnologías de la información y políticas públicas, observa muy adecuadamente que ofrecer toda una serie de controles y cerrojos digitales para decidir quién puede ver qué en cada momento en Facebook, Twitter o Google+ simplemente genera una ilusión de control y no verdadero control. En un espacio público físico tenemos verdadero control social sobre quién tiene acceso a nuestras acciones. Siempre hay alguna excepción -alguien ha puesto un micrófono bajo la mesa; un detective en la distancia toma fotos con un teleobjetivo, pero son eso, excepciones.
En cambio, en un espacio digital, esa ilusión de control llevará a cometer errores de forma sistemática: si en Twitter sólo recibimos respuestas y comentarios de amigos, es fácil acabar pensando que sólo nos leen amigos, aunque nuestros tweets sean públicos. Otros errores aún son más difíciles de corregir pues implican recordar que nuestros objetos digitales tienen capacidades que sus equivalentes físicos no tienen.
Alguien celoso de su privacidad sube una foto suya en Facebook; la foto ha sido tomada en casa, y nada de lo que aparece en la fotografía permite saber donde vive esa persona. Desgraciadamente, esa foto ha sido tomada con un teléfono móvil, y esa persona ha olvidado que tiene activada la opción de marcar la posición geográfica donde se tomó la foto. Para alguien con unos pocos conocimientos informáticos es muy fácil recuperar esa fotografía y extraer donde fue tomada, con lo que nuestro imaginario protagonista está de hecho ofreciendo su dirección a toda la WWW, sin tener la menor constancia de ello.
Los objetos digitales tienen muchas propiedades inesperadas, con las que no estamos familiarizados. La más llamativa e importante es el hecho de estar interconectados en red. Ello permite crear grandes bases de datos relacionales y crear ambiciosos perfiles de cómo es una persona. Es lo que sucede cuando la privacidad choca con el Big Data. En posteriores entradas seguiremos investigando este fenómeno.

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