Humanos en las redes sociales digitales. Algunos mitos

Cuando se habla de redes sociales no puedo evitar imaginarme dentro de diez años,riendo a carcajadas con Ferran y otros amigos, recordando el tiempo que perdimos en Facebook, Twitter, Medium, This and That, consolidando prejuicios, marcando como “me gusta” a auténticas estupideces para quedar bien o reenviando tal y cual obviedad para demostrar algo, no se sabe muy bien qué.

Esta será la tesis central de esta serie de artículos: las así bautizadas “redes sociales” son mucho menos revolucionarias que lo que unos cuantos gurus aseguran, han ido evolucionando de forma inconsistente, aglutinan la cara más comercial de la web 1.0 de los portales y son susceptibles de fomentar nuestros prejuicios y volvernos menos críticos con ellos.

Para empezar a desarrollar esta tesis, me gustaría primero explorar algunos mitos positivos y negativos sobre tales artefactos culturales.

Las redes sociales como tecnologías alienantes

Es fácil que al haber leído el principio de este texto hayas pensado: “Dios! Otra tirada contra las redes sociales que nos aislan del mundo”. No te preocupes. No voy a ir por ahí. La idea de que los medios nos aislan de la verdadera humanidad debe ser un poco más moderna que la humanidad en sí, pero no mucho más. Recordemos la tirada de Platón contra la escritura, que impedía ejercer nuestra memoria con propiedad, las críticas en el siglo XIX a los señores que se aislaban de su familia detrás de un periódico, la televisión que a mediados del siglo XX había matado la conversación familiar durante la comida o el malvado Walkman que convertía a los adolescentes en zombies.

(Fuente: xkcd.com)

Se trata de una crítica bien superficial. Esa persona que va poniendo caras en el metro mientras responde diferentes Whatsapps está muy conectada socialmente: después de todo son amigos o conocidos suyos con los que está hablando. Está mucho más aislada socialmente esa persona que mira por la ventana viendo pasar las paredes del túnel del metro pensando en vaya usted a saber qué, o la que lee “50 Sombras de Grey”.
Ello no significa que las redes sociales digitales no estén afectando nuestra sociabilidad, pero eso será un tema que comentaremos en la segunda parte.

Las redes sociales digitales imitan las redes sociales reales
Este era el sueño original cuando empiezan a aparecer este tipo de sistemas. La desaparecida Orkut de Google se diseñó desde el paradigma del “Software social” es decir, remedar digitalmente la forma natural en que las personas nos comunicamos. En concreto, se buscaba imitar una característica básica de la interacción social: el boca a oreja aprovechando la red del “amigo de un amigo”. Si uno usa una estructura así rápidamente tiene acceso a una red exponencial de contactos y así, rezaba el mantra de la época, poder alcanzar a cualquier persona, pues entre dos personas cualesquiera del planeta Tierra hay como mucho seis grados de separación.

Una de las primeras cosas que descubrimos los usuarios de Orkut fue como desactivar la posibilidad de “recibir mensajes de amigos de amigos” para no ser inundados por centenares de mensajes diarios, la mayoría totalmente inútiles para nosotros, como esa fiesta de cumpleaños de un desconocido que iba a tener lugar en Río, a miles de quilómetros de nuestra residencia.

Fijémonos, que siguiendo básicamente criterios comerciales, las redes sociales han ido evolucionando de esa idea de remedar una red social a convertirse en agregadores de contenidos curados por humanos. Aunque sigue habiendo un grupo importante de personas que siguen a sus amigos de verdad en Facebook y lo usan para interactuar socialmente, hay un segmento cada vez más importante que sigue o se hace “amigo” de completos desconocidos porque cumplen una función clara de recolectar y curar contenidos relevantes: esa investigadora que está metida en un campo similar al nuestro y retuitea artículos que siempre son interesantes: el padre que recopila decenas de actividades diferentes para llevar a nuestros hijos el fin de semana, las recomendaciones en Medium de Tim O’Reilly, etc. Poco a poco, Facebook, Twitter y demás están asumiendo la función que normalmente asumíamos a la prensa y otros medios de comunicación de masas, pero con la posibilidad de escoger qué noticias queremos recibir y cuáles no usando a personas o instituciones como proxies. Productos más recientes como Medium o This ya muestran de forma directa esta tendencia.

“Amigos” y “Seguidores”

Las start-ups de Silicon Valley parecen haber hecho una peculiar revisión de la descripción que da Orwell en 1984 sobre como las dictaduras redefinen las palabras para adaptarlas a sus objetivos. Un “amigo” de Facebook se parece muy poco a un amigo en la vida real, aunque algunos “amigos” de Facebook son también amigos de nuestras redes sociales (las de verdad, no las digitales) y aunque puede ser que hagamos nuevos amigos gracias a Facebook, claramente los dos conjuntos no se solapan. En Facebook, “amigos” incluye personas que tenemos por obligación para no quedar mal, entidades a las que queremos seguir para conseguir determinadas informaciones o descuentos pero que resulta ridículo calificar de “amigos”, por no hablar de periodistas o aficionados que siguen a personajes especialmente ridículos o extremistas para tener material original en un artículo o echar unas risas.

Lo mismo sucede con los “seguidores” de Twitter. Seguimos a gente o nos siguen por mil razones, que no es siempre que nuestros contenidos sean tan interesantes que tengamos “seguidores” como si fuéramos el líder de una secta.

La misma práctica relativamente extendida del “te sigo si tu me sigues” hace que no resulte muy impresionante saber que tal cuenta es seguida por otras 1.700 cuentas si la cuenta en cuestión a su vez está siguiendo a prácticamente 4.000 más.
No tengo ningún problema en que se redefina un término si el uso es unívoco. El problema es que queremos que “amigo” o “seguidor” signifiquen una cosa concreta,, cuando en realidad se refieren a comportamientos muy diferentes.

El nombre: red social

Comparto con los sociólogos cierto desasosiego con el término “red social” para hablar de Facebook o Twitter. Las redes sociales son algo tan antiguo como la humanidad. Casi podríamos decir que son condición de posibilidad de nuestra humanidad. Mi red social no es ni Facebook ni Twitter: es mi familia, mis amigos y amigas, vecinos y vecinas, mis compañeros de trabajo, mis alumnos y alumnas antiguos y actuales, y en general cualquier persona con la que tenga un minimo de relación social sostenida.

El término “red social” parece haber nacido en la prensa escrita como un eufemismo de Facebook pues por lo visto poner nombres de marcas es una mala praxis periodística. Pero aunque Facebook, Twitter y otros sistemas puedan servir como directorio de mi red social real, ninguna de ellas cubre mi verdadera red social ni cumple las posibilidades y problemas que una red social verdadera implica.

Pero bueno, te acepto que es un objecion semántica, de filósofo gruñón.

Mi cuenta en una red social me representa

Este es seguramente el mito más problemático. Mucha gente cree que su perfil y acciones en una red social son como una especie de representación suya, un valor de marca con lo que:

1) Han de dar su opinión o posición sobre cualquier tema que se considere relevante

2) Han de demostrar que son más brillantes que la cuenta de al lado.

Lo estamos viendo  tras los tristes atentados de noviembre de 2015 en París. Todo el mundo ha de demostrar no sólo sus condolencias en las redes sociales, sino también su opinión sobre el tema y además mostrar que su capacidad de análisis político es increiblemente fina y no cae en las generalizaciones de los pobres incultos que comparten una red social digital con él.


La absurdidad de tal posición se pone especialmente de manifiesto en Twitter y sus miserables 140 caracteres. Mucha gente, sin duda bien intencionada, observaba que lo más necesario ahora era no dejarse llevar por el odio y no hacer generalizaciones apresuradas que metieran a todos los musulmanes en el mismo saco. Son buenas palabras, pero claramente el ejercicio es inútil. ¿Te imaginas a alguien indignado exigiendo el bombardeo inmediato de Siria cambiando de opinión tras leer un escueto “los atentados en París son atroces y abominables, pero ahora más que nunca necesitamos reflexionar”? Yo tampoco.
Muy comunes fueron también las críticas a los que se lamentaban por las muertes en París pero no por otras muertes de terrorismo. Aquí se pone de manifiesto esa segunda intención de ser mejor que el de al lado, de forma muy gráfica: “Te pillé! No eres tan moralmente avanzado como yo!” parece decir el gruñón que cuelga esa lista de muertos por el terrorismo. Seamos sinceros, es una crítica injusta. Es como si muriera un familiar mío y subiera algo en Facebook sobre el tema y un “amigo” me riñera por no haber hecho lo mismo cuando murió su tía abuela Julieta, a la que yo ni conocía. Pero además incluye la otra obsesión: “Tu eres tu Facebook o tu Twitter y has de mostrar siempre tu opinión sobre todos los temas.” ¿Por qué no puedo simplemente subir algo sobre París por que de verdad me ha afectado y no tocar mi Facebook en quince días? ¿El contrato con la empresa de Zuckenberg incluía también la obligación de escribir de todo lo que pienso sobre cualquier tema?

Quede claro que no critico a las personas que han puesto tal cosa o tal otra. Cada uno es libre de expresarse como quiera. Simplemente son ejemplos de la tesis que quiero examinar.

Esta obsesión de dar nuestra opinión sobre cualquier acontecimiento supuestamente relevante ¿es simplemente una traslación de nuestra manera de ser offline o queda magnificado por las redes sociales digitales? Dicho de otra manera: están generando las redes sociales digitales nuevos comportamientos sociales que eran básicamente desconocidos antes de su aparición? Este es el tema que me gustaría tratar en la próxima parte del artículo.

Fuente imagen destacada: thenextweb.com

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