Cada cual tiene su anécdota o historia favorita de cómo las redes sociales digitales nos están cambiando. Yo también tengo las mías, pero para este post quiero limitarme a dos transformaciones  que llevan suficiente tiempo en activo y que han comentado ya expertos de varias disciplinas.

Pérdida de los enlaces débiles.

Los sociólogos distinguen entre dos tipos de relación social, una organizada desde enlaces fuertes y otra desde enlaces débiles. Los enlaces fuertes son aquellos enlaces que tenemos con personas muy relevantes en nuestras vidas, a las que vemos mucho, ya sea porque son familia, personas con las que trabajamos, vecinos con los que tenemos una buena relación, buenos amigos, etc. En el famoso límite de Dumbar de unas 150 personas  cómo máximo a las que realmente tiene sentido decir que son amigos pues interactuamos lo suficiente estarían sin duda todos esos enlaces fuertes.

Un enlace débil, por el contrario, es un contacto ocasional, sin grandes implicaciones: la vecina de la escalera de al lado con la que nos encontramos en el pasillo y musitamos un “hola” y que ni siquiera sabemos como se llama; el cajero del súper ese tan divertido que tiene un tatuaje en el cuello; esa persona con la que hemos compartido un vuelo de 14 horas en un avión y que tiene ganas de charlar…

Un enlace débil puede acabar convirtiéndose en fuerte: esa persona amigo de un amigo que nos presentan en una fiesta y acaba siendo nuestra pareja, y un enlace fuerte puede acabar debilitándose por falta de contacto, como ese gran amigo del instituto al que hace ya una década que no vemos.

No hace muchos años había toda una etiqueta a la hora de establecer contacto con enlaces débiles: cuando uno entraba de nuevo vecino en un bloque de pisos su “obligación” era visitar a todos los vecinos y presentarse. Entablar conversación con el compañero o compañera en el avión o en un viaje largo en tren era como inevitable.  Pero todo eso ha pasado a la historia.

Los smartphones son un nuevo tipo de entretenimiento que nos aíslan de los enlaces débiles, potenciando los fuertes. Normalmente mientras trasteo con mi móvil mientras espero en el autobús me estoy comunicando con personas importantes para mí (mis enlaces fuertes) mientras ignoro completamente a las otras personas que también esperan el autobús (enlaces débiles). Un libro cumple la misma función, pero en este caso no hay potenciación de los enlaces fuertes, solo desconexión con los débiles.

¿Qué implicaciones tiene este fenómeno? Hay división de opiniones. Algunos hablan de un aumento de la soledad y de la dificultad de conocer a nuevas personas, pero otros observan que también es fácil establecer conexiones débiles a partir de los amigos de nuestros amigos en las redes sociales. Ya no hablaremos con nadie en ese viaje en tren hasta el trabajo, pero igual nos hacemos amigos vía Facebook de un conocido de un “amigo” al que solo conocemos por el medio digital.

El tiempo dirá. Lo que está claro es que hemos cambiado a un mundo en el que lo que sabemos de nuestros enlaces fuertes es cada vez mayor, y en el que la práctica de relacionarse con extraños es cada vez más atípica.

La Burbuja de los Filtros

Eli Pariser es uno de los activistas políticos más relevantes de internet, gracias sobre todo a su proyecto online Moveon.  Él también ha desarrollado el concepto de “burbuja de los filtros” con su libro “The Filter Bubble” que resumen muy bien en una charla de Ted

pariser

Las web 2.0 y las redes sociales nos ha traído un nuevo concepto: recomendación de contenidos a partir de nuestras búsquedas, nuestras compras o lo que gusta a nuestros “amigos” online. Google filtra nuestras búsquedas a partir de otras búsquedas previas que hayamos hecho y las acciones online de las personas que tenemos listadas como amigos en Google +. Amazon usa la información de personas que hagan compras similares a las mías para recomendarme nuevos productos. Si la fuente principal de lo que pasa en el mundo es mi feed de Facebook o Twitter, entonces conoceré básicamente aquellas noticias que mis amigos han encontrado interesantes.

Dejemos de lado la cuestión de los algoritmos que esas megaempresas usan para hacernos recomendaciones -espero investigarlas en un próximo post- y centrémonos en la idea de “recomendaciones a partir de lo que le guste a mis amigos”. Suena muy bien sobre el papel, pero como bien observa Parisher aquí hay cierto peligro: si nuestra fuente central de información sobre el mundo y la actualidad es nuestros feeds en la redes sociales o los libros que me recomienda Amazon puedo acabar con una versión muy distorsionada de la realidad.

Veamos un par de ejemplos sencillos para entenderlo:

Miro a quien sigo en Twitter y no me sorprende nada observar que la inmensa mayoría de personas a las que sigo son ideológicamente muy similares a mí. Las -pocas- excepciones son seguramente gente con las que me relaciono básicamente fuera de las redes sociales y están ahí por una cuestión de respeto. La mayoría de personas son así. Y si alguien sigue a una persona de un perfil ideológico muy diferente al suyo casi seguro que no es por una abertura de miras, sino con el objetivo de trolearla, como los simpatizantes del PP que siguen a Pablo Iglesias o Ada Colau o “radicales antisistema” que siguen con avidez la cuenta de Mariano Rajoy para descubrir su próxima pifia.

Si no tengo otra fuente alternativa de información, acabaré creyendo que el mundo es tal y como mis amigos lo ven. Es decir, acabaré creyendo que mi visión ideológica del mundo es la única viable, pues toda la gente a la que sigo piensan prácticamente igual que yo.

Otro ejemplo: Quiero comprar Mein Kampf (Mi Lucha, la autobiografía intelectual de Adolf Hitler), a resultas de pura curiosidad,  y me voy a Amazon, después unos pocos clics empiezan aparecer conspraciones judeo-masónicas para dominar el mundo, textos que intentan negar la realidad histórica del Holocausto, revisión de supuestos “mitos” sobre la maldad nazi, etc. Si los libros me generan cierto interés, Amazon empezará a hacerse un perfil “nazi” de mi persona y me recomendará cosas cada vez más extremas. Imaginemos un adolescente que cae en este juego y acaba convencido de una gran conspiración para ocultar la verdad de quienes eran realmente los nazis. Podría acabar comprando libros exclusivamente a la Librería Europa

Esto me ha acabado recomendando Amazon después de pocos minutos buscando “cosas nazis”

buscaron

Una respuesta común a la objeción de Pariser es observar que eso no tiene nada de peculiar, que es lo mismo que informarse de la actualidad por la prensa: unos leen El País y otros La Razón. Pero hay una diferencia de grado importante: el filtro de las redes sociales puede ser mucho más fino y detallado que el de la prensa que aunque sea de un color político, siempre ofrecerá una pluralidad mayor de vistas que un filtro basado en nuestros gustos específicos.

También observar que la web 2.0 es mucho más inclusiva que la prensa, que leemos un rato y luego dejamos: en las redes sociales encontraremos informaciones asociadas a todos los aspectos de nuestras vidas, con lo que los efectos de esta burbuja de los filtros es más intenso y más extenso.

Pariser aboga por obligar a Amazon, Google, Facebook, etc a ofrecer informaciones a las antípodas de lo que estamos buscando para así ayudarnos a disponer de una alternativa a nuestra visión ideológica. Por ejemplo, si alguien buscara “Holocausto Mentira” en Amazon, que Amazon tuviera que incluir entre sus recomendaciones un libro de un historiador que explicara por qué el Holocausto sí tuvo lugar.

Yo disiento de esta propuesta de Pariser. Creo que es mucho más útil educar a nuestros adolescentes -y adultos- sobre la existencia de esos filtros y que se acostumbren a cuestionar y contrastar cualquier información que encuentren en la red. Pero está claro que la burbuja de los filtros está creando nuevas formas de obtener información sobre el mundo que nos rodea que puede estar muy sesgada y hemos de ser conscientes de ello.

 

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