Nuestra línea editorial tiende a la parsimonia. Frente a las obsesión por declarar que algo radicalmente nuevo está pasando y lo va a transformar todo, preferimos observar cómo las tecnologías digitales reflejan nuestra vida cotidiana y la vida cotidiana se expresa en las tecnologías digitales, guardando las declaraciones rimbombantes para cosas que realmente lo merezcan.

Ese pinchazo mental de culpabilidad cuando recordamos que hace casi una semana que no abrimos el Facebook ¿es un ejemplo de “tecnología disruptiva que transforma completamente la manera en que vivimos?” Ya me parecía a mí…

Ello no significa que a veces no aparezcan tecnologías que son realmente disruptivas.  Estos próximos días me gustaría hablar de una ellas, la criptografía.

Empiezo con un ejemplo, el caso de Apple contra el FBI. En su  formulación más simple:

El FBI pide a Apple que le ayude a desbloquear un iPhone cifrado usado por un terrorista, Syed Rizwan Farook, que mató a 14 personas en San Bernardino, California, el pasado mes de diciembre.  Apple se niega apelando a su compromiso con la privacidad de sus clientes.

Buena parte del debate es relevante, pero proximal: que si se trata del IPhone del trabajo de Farook, y no el personal, con lo que sería absurdo esperar encontrar información relevante sobre células terroristas ahí, que si Donald Trump ha pedido un boicot a Apple, que si el FBI ya tiene toda la información que necesita -qué llamadas se hicieron con ese móvil queda registrado en la compañía proveedora del servicio telefónico, que si una empresa no es como un individuo y no tiene derecho a la desobediencia civil, que si Apple no es consciente de que las vidas humanas son más importantes que la seguridad de cuatro chorizos que utilizan sus iPhones para negocios ilegales, etc, etc.

En el Salto Digital nos interesan los problemas de fondo -deformación como filósofos, sospecho, así que he traído el caso de Apple por otras razones. Vamos a por ellas:

  1. El FBI no está pidiendo desbloquear un IPhone.

Dudo mucho que Apple se hubiera negado a enviar un técnico, eliminar en aquel móvil concreto las protecciones para así el FBI pudiera acceder a esos datos.  El FBI pide algo muy diferente: que Apple cree una herramienta que permita de forma automática saltarse las protecciones de un iPhone cifrado y tener acceso director. Lo que en la jerga se denomina “puerta trasera”. En el momento de escribir estas líneas no está todavía claro si el FBI quiere la posesión de esa herramienta, o sería Apple la única propietaria a sus contenidos protegidos. Pero eso no es tan relevante como parece a primera vista. Una vez se instala una puerta trasera es cuestión de paciencia descubrir como abrirla con ingeniería reversa.

2. La prensa genérica no parecía entender la diferencia.

Aunque hay excepciones honrosas la prensa en general ha explicado mal el problema. Especialmente los primeros días. Ahora El País, La Vanguardia, etc. tienen todos un artículo en profundidad donde explican la diferencia recogida en el punto anterior, pero en la versión rápida se sigue presentando la demanda del FBI como un mero desbloqueo de un teléfono, y Apple como una histérica de la privacidad que se niega porque se estaría sentando un precedente. Y se está pidiendo uno. Pero ese el precedente no es “cuando les llame, me desbloquean este móvil” el precedente es: “Háganme una herramienta para que pueda desbloquear móviles cuando me de la real gana”.

3. Al FBI le importa tres pepinos el IPhone de Farook

En realidad, el FBI lleva tiempo molestando a Apple con el tema. Ante las primeras negativas, estaban esperando un caso que creara alarma social para obligar a Apple a ceder a sus presiones y así evitar mala prensa. Y el caso del atentando de San Bernardino es perfecto:  muertes violentas por terrorismo -y además islámico-  y la sospecha de que la pareja no actuaba sola. ¿Se puede pedir algo más?

Estos tres puntos señalan a una misma cuestión global: la criptografía ha sido hasta hace muy poco privilegio de las agencias de seguridad de los estados. Ahora que puede estar en manos de cualquier ciudadano hay un interés especial de los estados en desacreditarla, especialmente desde la prensa. Al ser un fenómeno complejo es muy fácil que se nos escapen todas las implicaciones.

Y las implicaciones son poderosas. La criptografía es un nuevo derecho. Un derecho básico para el ciudadano del siglo XXI sumergido en las tecnologías digitales. En un próximo post explicaremos  por qué es así.

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